¿¡Y los derechos de los lectores, qué!?

Una vez más, fuimos invitados a ser parte del staff de FLACSO para la capacitación en la promoción de la lectura que se llevó a cabo en Resistencia, Chaco el 2 y 3 de diciembre.

Cada vez que se replica un taller, intentamos darle una vuelta de tuerca o agregar y sacar cosas y, especialmente, sumar las anécdotas o experiencias aprendidas en la jornada anterior. Sino, se aburren ellos y me aburro yo.

Así que decidimos cambiar un poco las cosas empezando por dar como disparador, un texto nuevo: Los derechos del lector de Daniel Pennac. Lo que tiene de más interesante, posiblemente, es que es un texto que alude continuamente a los clichés de los lectores o de los que se autodenominan lectores. Y entonces, está bueno porque permite trabajar abiertamente muchas reflexiones que todos pensamos pero que no nos “animamos” a comentar en voz alta.

Leímos el texto, tiramos algunos comentarios propios sobre cada derecho y ahí mismito, salió la primera actividad: ¿qué derechos agregarías a este decálogo? ¿Cuál es el derecho que más te resultó familiar o interesante o remarcable…? Y, como decíamos al inicio, siempre salen cosas nuevas. Les cuento algunas:

Hay un derecho que dice: “El derecho a (no) terminar el libro”. En general, el comentario a este derecho, su justificación es simplemente: “porque me aburrí”, “porque no me interesó”, “porque ya soy grande y he leído mucho y ya puedo darme el lujo de dejar un libro y no sentir vergüenza”, etc. Pero hubo una respuesta inesperada: “Este derecho me pareció el más interesante porque a medida que voy leyendo, si no me resulta agradable, prefiero darle un final que yo imagino.”

Otro de los derechos habla de la posibilidad de leer en voz alta. El comentario poético fue el siguiente: “Compartir con otras personas a partir de la voz, ponerle el cuerpo a lo que se lee…”. Similar a otro que comentaremos más adelante.

Interesante fue darnos cuenta de que había un derecho que Pennac, en 1993, no tomó en cuenta, la presencia de las nuevas tecnologías, por lo que no derecho especial sobre ellas. Pero uno de los talleristas, sí y agregó al decálogo, “el derecho a leer en cualquier soporte”. Es decir que es muy importante, a la hora de hacer una declaración de derechos, de mantenerlo actualizado. Y por supuesto, no hablamos solo de los decálogos que guardan relación con la lectura…

Nos dimos cuenta de que para los bibliotecarios, había un derecho casi específico para ellos: el derecho a picotear. ¿Por qué? Porque si lo pensamos bien, un bibliotecario, un referencista, mínimamente necesita tener un conocimiento global del material con el que su biblioteca cuenta. No es necesario que se haya leído todos los libros que existen en el establecimiento, pero sí, necesita “picotear” para poder recomendar. Y una de las mesas que participaron en la capacitación, lo mencionó.

El derecho a saltearnos páginas es un derecho al que se apela, en general, por aburrimiento. “Todo bien con Moby Dick”, dice el autor, “pero 300 páginas de cómo se elige un anzuelo es un poco mucho!”. Y esas descripciones tediosas se encuentran en más de un buen libro. No significa que pase a ser un mal libro, sino simplemente que esa parte no me interesa. Pero hubo, otra vez, una vuelta de tuerca. Alguien que respondió otra razón por la cual saltea páginas: “salteamos páginas por el placer de saber el final, por curiosidad, por ansiedad…”. Interesante, ¿no?

Hubo otro derecho que se agregó, sumamente interesante y especialmente pensado para los niños: el derecho a la manipulación de los libros: tocar para elegir, apropiarse de los libros a partir del sentido del tacto u otro sentido. Que el niño no sea obligado a leer sino que su elección esté dada por su propia experiencia al mirar, tocar y “sentir” lo que tenga ganas de leer, “degustar las figuras”, dijeron los bibliotecarios… Belleza de sinestesia.

Siempre hablamos de los diferentes recorridos que el lector puede hacer de un texto. De que cada lectura sea una elección en cuanto a qué se lee primero o después. Un libro, todos lo sabemos, empieza en la primera página y termina en la última. Cuando uno empieza este debate, lo primero que se le viene a la cabeza es decir: “bueno, Cortázar y Rayuela ya lo propusieron”. Y sin embargo, no es verdad. Cortázar propone, efectivamente, no empezar por la primera hoja y terminar por la última. Propone una lectura de saltos y no lineales: el capítulo 32 primero, el 2 después, saltar al 74, volver al 6… Sin embargo, esa también es una conducta obligada. Salteada pero obligada. Otro recorrido pero un recorrido aún así, delimitido. Y ese detalle, no es menor.

Esto es lo que pasó solo con la primera actividad, la introductoria, la que sirve para romper el hielo. Así que, también para romper el hielo, les cuento que los adultos somos, de verdad, graciosos: “los chicos no leen… no prestan atención, están todo el día con el telefonito….” En todo caso, todos clichés. Creo que las primeras consignas para nosotros, los adultos, serían: “no hagas lo que no te gustan que te hagan”. O, “es importante ponerse en los zapatos del otro”…. Porque cuando uno va a hacer la tarea de moderador, auditor, capacitador, formador, etc., los alumnitos, que en este caso son los adultos, ¡hacen lo mismo!: no leen (lo sabemos por las encuestas anónimas), no paran de charlar, se la pasan con los telefonitos… Así que, muchachos, no se quejen. Nadie dice nada y no se los acusa de: “esta generación…”.

Para la próxima, se vienen comentarios sobre las encuestas que hicimos y las que tuvieron que hacer: ¿qué piensan o dicen los bibliotecarios cuando se les pregunta sobre ciertos temas?

 

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